El dardo en la palabra.

El amigo Manolo (Manuel Cañada), suele hablar de la importancia de la acción, los hechos, la praxis, la materialización de las ideas, pero también le concede un enorme valor al vocabulario, al uso de las palabras, a los significantes y los significados y lo que se esconde detrás de ellos. Sobre esto versa una parte del capítulo que escribe en el libro “Vivir donde quieras: del PER a la Renta Básica en el mundo rural de Extremadura“.

Hace poco le oía recordar “La soledad de Maquiavelo” de Althusser respecto a la importancia del uso intencionado de las palabras, porque detrás de cada palabra hay una idea y en la disputa de ideas, en la lucha de significados se esconde la lucha de clases. Vemos a diario cómo las grandes grupos de comunicación utilizan el vocabulario con precisión milimétrica según el significante, porque las palabras encierran ideas y las ideas crean conciencia. Si las ideas se emiten en medios de comunicación de masas esas ideas crean conciencia colectiva.

La lista es interminable. Podemos observar todos los días cómo nuestro/a familiar que se tiene que ir a Londres, París o Dublín a cuidar niños (au pair) es un exiliado económico víctima de la crisis en nuestro país, sin embargo los negros que saltan la valla o venden CDs en la calle son inmigrantes, no “exiliados económicos víctimas de la crisis en sus países”. Lo mismo ocurre cuando hablamos de conflictos armados. Los medios nos dicen que los buenos (según el criterio de no sé quién) han sido asesinados, sin embargo los malos mueren. Perdónenme, los malos son asesinados por los buenos.

Es racismo/discriminación verbal que esconde un racismo/clasismo real. Claro es este clasismo cuando se trata de la exposición pública de la mujer en medios de comunicación y en entornos más cercanos de lo que nos gustaría. 

En los últimos días asistimos a nuevos retorcimientos lingüísticos. La neolengua a la que nos tienen acostumbrados los que controlan este país. No es crisis, es un “crecimiento negativo”, no es chapapote, son “hilillos de plastilina”. A lo que se conoce como gobierno de concentración o gran coalición, que en nuestro país equivale al pacto entre PP y PSOE, ahora lo llaman “Gobierno de amplio espectro” o “Gobierno de amplio apoyo“. Que lo llamen como es, pacto PP-PSOE, no pasa nada, ya lo hacen en Alemania (CDU-SPD) o en Europa donde han pactado repartiéndose la presidencia de la Comisión Europea para los conservadores (Jean-Claude Juncker) y la presidencia del Parlamento Europeo para el socialdemócrata Martin Schultz.

El vocabulario está ahí y el español es especialmente rico por lo que hay múltiples opciones para denominar a algo o a alguien y como dice Manolo y decía Althusser tras las palabras hay un combate de ideas, de significados, una lucha de clases. Los/as buenos/as son exiliados/as, ven hilillos de plastilina y cuando cometen delitos se les trata de forma condescendiente porque son traviesos, jóvenes alocados. Si perteneces a los malos eres un negro inmigrante y si cometes algún delito (o aunque no lo cometas) eres un radical o terrorista o sospechoso de serlo.

Resulta curioso pararse a analizar el tratamiento dado en los medios a tres jóvenes que han estado últimamente en el candelero por diferentes actos de los que se les acusa. Por un lado tenemos a Francisco Nicolás López Iglesias, acusado de ocho delitos: estafa, falsedad documental, usurpación de funciones públicas, injurias, blanqueo de capitales, etc. Es bautizado por los medios como “el pequeño Nicolás”. Siempre recordado con tono cariñoso, visita los platós de televisión y apunta a participar en un reality show. No pasa nada, es de los buenos, bien relacionado con los poderosos de este país entre los que se ha movido como pez en el agua.

Por otro lado está Luis Rodríguez Toubes, conocido como “Luisito”. De nuevo un tono amable, condescendiente cuando se habla de este joven que ha sido condenado a 7 años de prisión por estafa continuada en su modalidad agravada por vivienda, vaya, que le robó 38 millones de euros a una familia de Mallorca. Este joven también ha recibido un trato exquisito en los medios por pertenecer a la clase alta mallorquina, de hecho y rizando el rizo, algunos medios le llamaban el “pequeño Nicolás de la jet set mallorquina“, un joven espabilado, un lazarillo del siglo XXI.

La cosa cambia cuando eres de familia normal, humilde y de un barrio obrero como es Vallekas. Sólo por ser de allí ya eres sospechoso de algo, si además acostumbras a levantar la voz ante las injusticias te ponen en el punto de mira y esperan a la mínima para, con o sin pruebas, condenarte al escarnio colectivo, a la lapidación pública. Es el caso de Alfonso Fernández Ortega, un joven vallekano que no se conforma con el discurso establecido y lucha desde pequeño por transformar la sociedad y mejorar la vida de las víctimas de esta estafa a la que llaman crisis. Alfon fue condenado a 4 años de prisión acusado de llevar material explosivo a la Huelga General del 14 de Noviembre de 2012 en su mochila, cosa que él niega argumentando que se rompió la cadena de custodia de dicha mochila. Desde su acusación ya los medios habían condenado a Alfon. Para los poderosos que controlan las grandes corporaciones de comunicación Alfon no disponía de la presunción de inocencia. Ya era culpable desde antes de conocerse el fallo judicial. Alfon no es de clase alta, por tanto es de los malos, de clase obrera y en consecuencia recibe un tratamiento agresivo, insultante, belicista y acusador desde el principio. Para los medios Alfon es un radical, un ultra, un terrorista. Alfon no es ni será nunca “el pequeño Alfon” o “Alfonsito”.      

Vaya desde aquí mi apoyo a todas las personas que por ser de famila humilde son víctimas del clasismo lingüístico, del racismo verbal. Como cantaba Alí Primera, les podemos decir con orgullo a los trileros del lenguaje: “Yo vengo de donde usted no ha ido”.

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